Si todo me va bien, ¿por qué tengo ansiedad?
Tienes trabajo. Una familia. Una vida que, vista desde fuera, parece estar bien. No ha ocurrido ninguna catástrofe y, sin embargo, algo dentro de ti parece estar siempre en alerta. Te cuesta relajarte, anticipas problemas y a veces ni siquiera sabes explicar qué te preocupa.
Hay personas que llegan a consulta y una de las primeras cosas que dicen es: «No entiendo por qué estoy así».
Y después empiezan a enumerar todo aquello por lo que, supuestamente, deberían sentirse bien.
«Tengo un buen trabajo. Mi pareja y yo estamos bien. Mis hijos están bien. Económicamente no tengo grandes problemas. No me ha pasado nada grave…»
«Entonces, ¿por qué tengo ansiedad?»
Esa pregunta puede acabar convirtiéndose en una preocupación más.
Porque no solo aparece la ansiedad. También aparece la sensación de que no deberías sentirla.
La ansiedad no siempre necesita una gran razón
A veces imaginamos la ansiedad como una reacción que aparece únicamente después de algo grave: una pérdida, una enfermedad, una separación, un problema laboral o una experiencia traumática.
Pero no siempre funciona así.
La ansiedad está relacionada con nuestro sistema de alarma. Su función es prepararnos para responder ante una posible amenaza. El problema aparece cuando ese sistema empieza a activarse con demasiada frecuencia, demasiada intensidad o en situaciones en las que no existe un peligro proporcional a la reacción que estamos experimentando.
Y esa amenaza no tiene por qué estar ocurriendo ahora.
A veces está en el futuro.
¿Y si pasa algo?
¿Y si pierdo el trabajo? ¿Y si mi hijo tiene un problema? ¿Y si esta sensación que noto significa algo? ¿Y si me equivoco? ¿Y si las cosas dejan de ir bien?
Cuando tu vida está tranquila, pero tu cabeza no
Desde fuera quizá nadie perciba nada.
Sigues trabajando. Atiendes a tu familia. Quedas con gente. Cumples con tus obligaciones. Incluso puedes ser una persona eficaz, responsable y aparentemente tranquila.
Pero por dentro la experiencia puede ser muy diferente.
Anticipas constantemente
Tu mente intenta adelantarse a lo que podría salir mal, incluso cuando ahora mismo no existe ningún problema.
Te cuesta desconectar
Termina el trabajo, llega el fin de semana o empiezan las vacaciones, pero tu cabeza continúa funcionando como si tuviera algo pendiente.
Necesitas tenerlo todo controlado
Planificar y comprobar te tranquiliza momentáneamente, pero cualquier imprevisto puede generar un malestar desproporcionado.
Tu cuerpo tampoco descansa
Tensión muscular, molestias digestivas, palpitaciones, cansancio, problemas de sueño o una sensación difícil de explicar de estar permanentemente activado.
Intentar controlar la ansiedad puede terminar alimentándola
Cuando sentimos ansiedad es lógico intentar eliminarla.
Pensamos más para encontrar una solución. Comprobamos. Pedimos tranquilidad a otras personas. Buscamos información. Intentamos anticiparnos a todas las posibilidades. Evitamos determinadas situaciones.
Y muchas de estas estrategias funcionan.
Pero funcionan durante un rato.
El alivio momentáneo puede hacer que nuestro cerebro aprenda algo: «Necesitaba hacer todo esto porque realmente había peligro».
El círculo puede acabar pareciéndose a esto:
Poco a poco, la persona puede acabar dedicando una enorme cantidad de energía a intentar conseguir una seguridad absoluta que, en realidad, no existe.
«Pero yo siempre he sido una persona preocupada»
Esta es otra frase frecuente.
Algunas personas llevan tantos años funcionando de esta manera que han incorporado la preocupación como una característica de su personalidad: «Yo soy así».
Pero ser responsable, prudente o previsor no es lo mismo que vivir permanentemente anticipando amenazas.
Conviene prestar atención cuando la ansiedad empieza a tener un coste significativo en tu bienestar o en tu vida cotidiana.
Te cuesta dejar de pensar en posibles problemas.
Te resulta difícil relajarte incluso cuando tienes tiempo para hacerlo.
Sientes que necesitas tener muchas cosas bajo control para estar tranquilo.
La incertidumbre te genera mucho malestar.
Notas tensión, problemas de sueño u otros síntomas físicos asociados al estrés.
Objetivamente sabes que muchas de tus preocupaciones son poco probables, pero emocionalmente no consigues dejarlas pasar.
No necesitas justificar tu ansiedad para pedir ayuda
Comparar tu vida con la de otras personas suele añadir una segunda capa de sufrimiento.
«Hay gente con problemas de verdad.»
«No tengo derecho a estar mal.»
«Debería ser capaz de controlarlo yo solo.»
Pero el malestar psicológico no se mide comparando circunstancias.
¿Qué se trabaja en terapia cuando hay ansiedad?
El objetivo de la terapia no consiste simplemente en aprender a «no ponerse nervioso».
Es importante comprender cómo funciona tu ansiedad en concreto: qué situaciones la activan, qué interpretaciones aparecen, qué haces para intentar sentirte seguro y qué mecanismos pueden estar manteniendo el problema.
Dependiendo de cada caso, el trabajo psicológico puede incluir aprender a relacionarse de otra manera con las preocupaciones, reducir determinadas conductas de evitación o comprobación, trabajar la tolerancia a la incertidumbre y afrontar progresivamente situaciones que han empezado a generar miedo.
No se trata de conseguir una vida en la que nunca aparezca la ansiedad.
Se trata de que la ansiedad deje de decidir por ti.
¿La ansiedad está ocupando demasiado espacio?
En consulta podemos analizar qué está manteniendo ese estado de alerta y trabajar sobre las situaciones, pensamientos y respuestas que están interfiriendo en tu bienestar.
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